Desde pequeña la única cosa
que nunca toleré (en especial) fue la injusticia. Aún recuerdo que hasta cuando
tenía como 8 años, sentía cuando algo era injusto con mis familiares o gente
cercana. Y luego que abre los ojos al mundo (13, 14 años) se da cuenta de que
el mundo está lleno de injusticias. Cuando llegas a mi edad (18 años), ya sabes
y estás seguro de que este mundo es una total injusticia, y que no deberías
estar aquí. Siento que no soy parte de aquí, y es justificable. Tanta guerra,
tanta injusticia, mentiras, hasta yo he caído en ello más de una vez. Cómo no
iba a querer escaparme de tal infierno en que nos encontramos. NO TE ENSEÑAN A
SER “MEJOR PERSONA”, ESO TE HACEN CREER, LA VERDAD ES QUE QUIEN MÁS TIENE PEOR
“PERSONA” ES. Y si es que nos enseñan a ser mejores personas, no lo logran,
porque ya es demasiado lo deshonesto y SUCIO que está el mundo como para ser
buenas personas, para tan solo aspirar a serlo. Y sería muy difícil serlo
rodeados de tanta maldad (si es que no imposible). Quizás los demás puedan ser
felices siendo parte de ese gran tumulto de maldad, siendo una “mala persona”
más, pero yo no. Sufro. No soy, simplemente, no soy feliz. No puedo camuflarme
en ello, porque también sufro siendo alguien que en realidad no soy y que nunca
quise ser.
Sé que no hay forma de
superar tanta maldad, lo que ahora creo que es la definición de “humanidad”
(así de lejos ha llegado mi desesperanza) pero esa es mi vida -nada más podría
ser mi vida, nada más me gusta, en nada más tengo esperanza, ni en esto, pero
es algo, ¿o no?-. Quizás mi misión en esta tierra sea acabar con toda la
humanidad, y quizás eso te hizo tiritar o pensar que tengo una enfermedad
mental, pero tiene mucha lógica. ¿Por qué no pensarlo? La humanidad es la única
y principal culpable de su propia destrucción y la de los demás seres vivientes
y no vivientes. La mente humana puede ser capaz de cualquier cosa, ya que tiene
conciencia, acción propia, inconsciencia, subconsciencia Y sobre todo,
influencia. Lo que tengamos alrededor, es lo que seremos. No se puede ser
totalmente autónomo, eso es imposible. La gente y otras cosas a tu alrededor te
forman, lo quieras o no. Por eso, una humanidad corrompida, es una
humanidad perdida. Maldad ves, hueles, comes, consumes, todo. Eso eres tú, un
ser malvado, lo quieras o no. ¡Y me incluyo! También vivo en este mundo, no me
salvo. También soy humana, una mierda.
Pero, ¿qué pasaría si en
realidad lo malo sólo fuera un elemento de la humanidad? O ¿Es la humanidad en
su totalidad? Obviamente, todo humano tiene sus virtudes y defectos. Pero,
¿quién es quién para decir qué es lo malo y qué es lo bueno? Esta pregunta nos
hace volver al principio, por tanto…
¿Quién es quién para decir
qué es injusto o justo en esta vida? ¿Quién soy yo para decirlo? Ciertamente,
la respuesta es la siguiente:
Cuando uno es pequeño
(ejemplo, cuando yo tenía aprox. 8 años) no sabía lo que decía, pero sí lo
sentía, y decía las cosas por instinto y la poca lógica que me habían formado o
inculcado, mis parientes (y los “valores” típicos) y profesores, hasta el
momento. Yo me basaba en “esos” valores para decir que aquello sí era o no era
una injusticia. Y créanme, yo era una muy buena niña. Era la más ordenada en el
colegio, con las mejores notas, la más correcta, en la casa y en la escuela,
hasta rezaba todas las noches y era una modelo para la religión católica, la
niña más mimada. Hasta que todas las injusticias que había tolerado antes,
explotaron en una sola. La vi, la sentí y me sentí en el derecho de expresarla.
Pero eso significó represalias y consecuencias de niño, y las posteriores
“pataletas” (cuando en realidad son más serias de lo que ellos creen) que
acaban con lloriqueos, gritos y/o violencia intrafamiliar; lo que acumuló en mi
cabeza aún más frustración y terminó por aumentar mi estadística de injusticia
del exterior en mi cabeza. Imaginen lo que pasó cuando llegué a la pubertad.
Mirar al mundo y conocer, abrir los ojos fue aún más alarmante. Esa cifra
inocente de infancia no fue mas que una ilusión para mí, y los deseos por
escapar de este mundo se apoderaron de mí. En unos años, pensé en morir
intentando cambiarlo. Ahora sólo quedó desesperanza de ese amargo proceso.
El punto es que, la
contradicción es el principal protagonista. Lo que caracteriza a la gente ya
adaptada a este mundo, a la sociedad o como le quieran llamar. Contradicción de
un modo sutil, porque en realidad podría decir, hipocresía. Dejémoslo en
contradicción (no soy la más indicada para hablar de hipocresía). Si el mundo
(o una persona adaptada, que supuestamente te “cría”) te dice que algo es bueno
y luego hace lo contrario, eso molesta. A mí me molestó. Yo exploté. No lo
toleré. Vivir en un mundo así, me veía igual a ellos en el futuro, no quería
ser así. Pero ya no hay vuelta atrás, aunque no lo quiera, soy una “ciudadana”
más. Ellos me consumen, ellos están a mi alrededor todos los días, ¿cuál es la
diferencia que tengo yo con ellos? Aunque trate de alejarme, ¡sigo estando
dentro de su cultura!, ¡como lo mismo!, ¡duermo en una cama!, ¡tengo una casa
como todas!, ¡estamos atrapados! ¡No se puede evitar! ¡Así te acostumbraron a
ser y así te morirás! ¡Así te sientes más cómodo(a)! ¡Esas comidas te gustan
más que aquellas! ¡Porque así te acostumbraron! ¡Así nos criaron! Y es algo de
lo que no podemos escapar, excepto con el suicidio. O la muerte casual. Y
bueno, como nada es predecible, quién sabe, hasta eso puede que sea falso.
Qué es qué, en todo caso,
nadie lo sabe… y nadie puede ni tiene el derecho a decirlo…
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